A El fuimos a celebrarle, y con El nos encontramos a lo largo del día. De un día maravilloso que, por su infinita bondad, quiso regalarnos bendiciéndonos con el primer día de pleno sol y agradable temperatura, primaveral, desde hacía dos largos meses.

Bajo el lema «DIOS MIO, DIOS NUESTRO», pudios disfrutar de la gran capacidad de síntesis y exposición de nuestros queridos asesores, P. Cristián Hernández y Hermana María Ignacia, de acercarnos a su vivo contenido.
El lema no pasó inadvertido para los participantes en el retiro pues, supuso la piedra angular impetrada por la comisión organizadora para esta preparación de la Cuaresma que daba comienzo.
El sentido primordial, objetivo esencial, resultaba ser la profundización en la figura de Dios Padre, y en avivar nuestra relación personal y grupal como hijos suyos. En entrar en comunión con ese Dios providente del que tanto nos habló a la schoenstatttianos el P. J. Kentenich.

Así tratamos con hondo interés guiados por nuestro asesores de la importancia de sentirnos hijos, siempre amados, y de la importancia de la figura paternal en nuestro entrono más próximo y en la sociedad. Saber ser padre y ser hijo.
Las dos charlas fueron magníficas. Fueron acompañadas de una hermosísima adoración dirigida por una inteligente y muy preparada liturgia y acompañada por esas voces de nuestros jóvenes que son la sal de la tierra en estas situaciones.
Una comida amena y bien servida, tiempos de reflexión y encuentro, un vía crucis sentido por el pinar de la casa, confesiones a lo largo de todo el día, un capital de gracias que nos llevó a poner nuestras manos en las manos del Padre Dios y, una preciosa eucaristía, dejaron nuestros corazones abiertos a ese ansiado encuentro con Dios Padre en este tiempo de Cuaresma.
Agradecimiento a la comisión organizadora y a todos los que hicieron posible el día (cocineros, servicio de guardaría, música, generosidad de las Hermanas y plena disponibilidad de los Padres), supuso el colofón a un inolvidable retiro de Cuaresma
Laus Deo.

